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Pedro Gómez-Egaña
Capo de Fuerzas

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Deadline El fin del mundo en tiempo y forma

Abril es por lo general, uno de los meses mas soleados y tranquilos en la Ciudad México, sopla bastante viento que ayuda a que la habitual contaminación del aire se disipe, de modo que es posible contemplar las montañas y volcanes que rodean a la ciudad, además de que no llueve por lo que resulta una época perfecta para realizar eventos a la intemperie. Sin embargo, abril de 2009 en se convirtió por varios días, en el escenario perfecto para representar el fin del mundo. Tranquilo, iluminado y desolador, uno se imagina que el final será distinto, el referente inmediato sólo lo imagino por el cine, que echando mano de dispositivos como alienígenas o profecías, ha estructurado en el inconsciente colectivo, sobre todo de occidente, una espacie de antesala del fin del mundo. En pocos días, la amenaza de una epidemia convirtió la ciudad en un desierto, a partir de que el gobierno “sugiere” el cierre de escuelas y oficinas para evitar la propagación, la poca gente que circulaba por las calles usaba tapabocas que probablemente obtuvo de la mano de un miembro del ejército que por toda la ciudad cumplía con tan peculiar tarea. Desde luego las imágenes fueron dignas de una película. La megalópolis en pausa, con el ritmo totalmente trastornado y con música de fondo, las medidas higiénicas recomendadas, recitadas una y otra vez y por todos los medios posibles. Por un par de semanas fuimos el pueblo con las manos más limpias. También a lo largo de esas dos semanas México fue señalado en el mapa como un foco de infección y como la fuente de una nueva enfermedad letal, contagiosa y sin nombre. Resulta natural que el la tranquilidad desaparezca al enfrentarnos a algo de lo cual no sabemos nada, nuestro primer sistema de autoridad sobre el mundo, consiste en poder nombrar a las cosas, y así fue; cuando las escandalosas especulaciones sobre el origen de la influenza porcina derivaron en medidas para su control, éstas incluyeron la nueva nomenclatura que por alguna razón nos tranquilizó un poco a todos.

Recuerdo una sensación parecida cuando hace algunos años, por televisión, fui testigo como millones de personas alrededor del mundo del ataque terrorista más difundido de la historia. Otro escenario perfecto para el fin del mundo, pero más explotado por el cine: la ciudad de Nueva York. Si el mundo se va a acabar tenía que empezar por ahí, por lo menos la imagen la teníamos muy clara, nos la han dejado muy clara. En aquel momento pasó por mi cuerpo la sensación extraña de que en efecto, podía estar contemplando lo que podría ser el principio fin. También en aquella ocasión hizo falta identificar la fuente del mal y nombrarlo, para controlarlo de alguna manera.

Campo de Fuerzas de Pedro Gómez-Egaña se produjo en aquel contexto, emplazados en la Torre de los vientos , escultura funcional del artista Uruguayo Gonzalo Fonseca y parte del proyecto Ruta de la Amistad en el sur de la Ciudad de México. Este espacio es utilizado para realizar intervenciones, que por lo general, son eventos puntuales de un día, debido en parte, a que el acceso al lugar es limitado. La escultura se encuentra sobre un terreno triangular a un costado de la vía rápida más importante de la ciudad. La obra de Pedro formaba parte de una serie de intervenciones programadas a propósito del 40 aniversario de la ruta. Fue con ese principio que Pedro comenzó el proceso que llevaría a la realización del performence Campo de Fuerzas. Como es común hoy en día, el proceso previo se llevo acabo a distancia y sin que Pedro conociera el espacio o la ciudad misma. Una de las cosas que más me interesó es la forma en la que él compuso la obra, lo digo en el sentido más amplio de la palabra, llevando a la plástica, a un terreno escultórico los elementos y parámetros que utiliza como compositor, cabe mencionar que Pedro compaginó su carrera de músico con la de artista visual sobre todo en sus inicios. Considero como artista y como curador que la pieza se compone de todo aquello que la hizo posible, desde la comunicación inicial y pasando por los recorridos hechos a través de la ciudad buscando materiales y teniendo siempre como eje a la torre de los vientos.

Pedro propuso una obra que convirtió a la torre en una diana, impactada en su centro por un cohete que habría de desaparecer lentamente en su interior. Curiosamente, la torre vista de planta podría formalmente ser aquello que Pedro dispuso en su pieza, se convirtió entonces en el destino de un dardo inofensivo que en aquel momento aparentó tranquilizar a la enorme cuidad enferma de miedo y paranoia.

Es curiosa la serie de asociaciones que se peden hacer en torno a la pieza, estoy convencido que una acción viva como Campo de Fuerzas, coma ya he dicho, integra en su estructura a todo aquello que la rodea, tanto en el tiempo real de su ejecución como en su contexto, el cual para mi y seguramente para Pedro también, fue determinante. No puedo evitar asociar el paisaje que circunda a la torre; un pedregal poblado de vegetación endémica que crece entre la roca volcánica, resultado de una serie de erupciones del Xitle , con un hecho significativo ocurrido también hace 40 años: la llegada del hombre a la luna. La torre de los vientos en este contexto me parecía un observatorio primitivo, en medio de un paisaje lunar, similar a las imágenes, materia del trabajo de muchos artistas como Smithson, Long o Heizer que décadas atrás, proponían conexiones entre accidentes controlados y monumentos neolíticos. Los años 60 fueron entre otras cosas, una década en la que se reivindican las relaciones del hombre moderno con el primitivo tanto a través de la antropología como del arte. El concepto de “progreso” pasó a formar parte de un esquema cíclico representado por muchos creadores que utilizaron el paisaje, ya fuera a partir de modificaciones mínimas registradas en video y fotografías o bien, llevando a cabo grandes proyectos efímeros que pretendían equipararse con monumentos prehistóricos poco analizados y que por lo tanto conservaron hasta ese momento, una carga significativa de misterio, capitalizado por estos artistas como valor agregado de sus propias obras.

Vivimos hoy una etapa distinta del ciclo en la que, nuevamente valoramos los vestigios y su vez documentos de un pasado reciente donde la nostalgia y la ruina se convierten en los nuevos monumentos. El tiempo corre mas deprisa y el afán revisionista no llega lejos en una línea de tiempo, este fin de mundo se conecta con uno anterior inmediato, gran parte de la producción de arte actual de alguna manera sigue afectada por el destape de conciencia global sufrido a partir de la caída de las Bombas del 45 en Japón, convertido hoy en un recuerdo que se vende como en su momento, los fragmentos del muro de Berlín se volvieron souvenirs. Las piedras hablan hoy un lenguaje distinto, el misterio de los monolitos primitivos está siendo sustituido por simulacros de desastre, por escombros.

Habiendo recuperado tanto el contexto inmediato como los posibles antecedentes históricos del emplazamiento, me centraré en lo que fue para mí Campo de Fuerzas y en general el proceso que Pedro inició en México. El tiempo es sin duda el elemento más importante en la obra de Pedro, el tiempo real y lineal; el contexto inmediato de la acción y el lugar entablaron un diálogo por demás interesante. Durante la etapa de comunicación a distancia, recibí una serie de dibujos que ilustraban de forma muy clara el desarrollo de la acción y dejaban ver los elementos involucrados en la misma: Un cohete de papel, un árbol y un hilo conductor. El juego entre los elementos y sus dimensiones me recordó a un cuento para niños, éstos están siempre estructurados de manera muy clara y esquemática, ilustrativa y atractiva, fácil de recordar. Así fue el planteamiento inicial y así fue la acción. De alguna manera la idea del viaje que el mismo Pedro realizó, la forma en la que aquel cohete llegaría a su destino final, la música de fondo (el Vía Crusis de Liszt tocado al revés) y la transformación de estos elementos, afectados en su dimensión y por ende en la forma de percibirlos, también suponía relacionar lo macro y lo micro, asumir que el mundo es pequeño porque estábamos ahí reunidos venidos de distintos puntos, porque nuestros planes se hacían realidad y porque el cohete estaba ahí, a 100 metros de la torre, tumbado sobre el terreno por el cual sería arrastrado por un hilo rojo, que para la hora en la que la acción se llevó a cabo, sería invisible; la desaparición tanto del motor que movía al cohete (el propio Pedro) y el hilo, le otorgó vida propia para que de forma lenta y angustiante avanzara hacia la torre, su destino final y lugar de transformación.

Campo de Fuerzas, de alguna forma se parecía al juego que todos jugamos cuando tenemos cerca un globo terráqueo y le hacemos girar, para luego, señalar con el dedo un punto al azar e imaginarnos un viaje que comienza al recitar en voz alta el nombre del sitio señalado. El mismo día de la acción comenzó el cerco sanitario en la ciudad, muchos eventos públicos, incluidos conciertos, cine y otras exposiciones se cancelaron. Fuimos “valientes” al continuar a pesar de las recomendaciones para dejar de lado todo y retirarnos. Conforme pasaban las horas, cada vez se escuchaban menos automóviles que habían sido la constante al rededor, el cielo se oscureció y comenzó a llover y a soplar un viento fuerte, dado el contexto enrarecido todo nos parecía una señal para continuar o bien abandonar. Sin embargo, minutos antes de iniciar el último viaje hacia la torre, la lluvia cesó y el viento dejó de soplar. Con poca gente y poca luz, el cohete arrancó su lento camino seguido por una luminaria y acompañado por la música que emanaba desde el interior de la torre. Como moviéndose apenas, en unos minutos esta flecha de papel desapareció en la sombra que para ese entonces dibujaba la torre. Más que agonía aquello representó esperanza, todo lo que pasaba alrededor hizo que aquella simple y extravagante acción se abriera camino entre el terreno rocoso y el evidente absurdo de la realidad que nos cercaba. Para terminar hubo de que dar fe de la desaparición de la nave, de su regreso o despegue al interior de un espacio blanco e iluminado por dentro, que seguía inundado por la música y por la imagen de un árbol enmarañado en miniatura al que un hilo rojo atado de una rama conectaba con una réplica mínima de la nave suspendida en un rincón, al que apuntaba soportado firmemente por la acción de un campo de fuerzas magnéticas.

Pareciera que un proceso que aparentemente estuvo tan ligado a su contexto no se podría duplicar, una de las características de las acciones de Pedro, sería tal vez esta negación a repetirse, sin embargo, el juego reiniciado, aquel del globo terráqueo dando vueltas, nos ubica ahora en un nuevo proceso en un lugar diferente pero con un principio similar a Campo de Fuerzas, el señalamiento, la tensión física de los elementos y simbólica de los soportes se pueden reconstruir. El principio nostalgia y ruina es un motor que se recarga al reubicarlo, vuelve y genera cosas con las reglas simples de quien se planta frente a un muro cualquiera en una ciudad nueva y se pregunta sobre su historia. La obra se debe a su constante interrogante y un artista que viaja, vive de sus dudas y del camino que recorre para plantear soluciones. Las preguntas que expone una obra semejante, brindan esperanza, porque al final, la reflexión, implica reconocerse uno mismo en el otro. Como personas y como artistas, la producción de un arte que le pertenece a su tiempo y su espacio inmediatos y trabajar de esta forma nos vuelve cronistas de un mundo que olvida fácilmente. Los que fuimos testigos de Campo de Fuerzas pudimos intuir por unos minutos que el fin del mundo podría suponer simple y sencillamente un nuevo principio.

Luis A. Orozco Ciudad de México, octubre de 2009.

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